[Suecia] Campamento de protesta contra mineria a cielo abierto de hierro

•agosto 29, 2013 • Dejar un comentario

Desde hace un mes estamos bloqueando el proyecto de la minera Beiwulf en Gállok. En una batalla para salvar Sápmi ( área ocupada por Suecia ) de más proyectos mineros. Sápmi ha sido explotada y colonizada por el estado sueco desde hace generaciones. Ahora un area completamente nueva esta siendo atacada por la industria minera, los bosques, montañas y lagos al oeste de Jokkmokk están amenazados.

Ayer empezaron las voladuras, mientras cuatro personas se habían adentrado en el bosque dentro del perímetro de la zona de seguridad. Los cerdos desalojaron las barricadas por la mañana. Mucha gente fúe sacada de la carretera a golpes y perseguida bosque adentro. Arrestaron a 8 compañerxs. Anoche y de nuevo esta mañana levantamos barricadas con el objetivo de retrasar las labores. Por el momento tienen 10 guardias de seguridad en turnos de 12 horas, dia y noche.

Los trabajadores de seguridad fueron contratados después de que la semana pasada la polica destruyera una de las barricadas. Todo esto sólamente para proteger el estudio de una cata minera.

Activistas y indígenas del pueblo Sami nos hemos juntado para salvar este lugar de una gran mina de hierro. El 29 de Julio la policía sueca acabó con la primera barricada y arrestó a seis personas. Para la desesperación de la compañía minera, esa misma noche levantamos de nuevo la barricada, esta vez con mejoras incluidas. Tenemos planeado quedarnos durante el invierno, cuando renos y pastores entrarán a parar la explotación minera legalmente.

Mientras la policía sueca comunica que sigue las ordenes de la compañía, la resistencia contra la mina sigue creciendo. La minera Beowulf juega al desgaste, intentando evitar mala publicidad. Mientras tanto, más y más gente se suma a las protestas de diferentes maneras, desde el arte y la música hasta el apoyo directo al campamento de protesta, que crece cada día.

Nos encontramos bien de ánimos. La batalla continua.

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Para más información, fotos y vídeos:  http://kolonierna.wordpress.com/

El gobierno sueco apoya la explotación de las empresas extranjeras de las tierras de pastoreo, afirman hoy representantes del pueblo sami, en una artículo publicado en el diario Dagen Nyheter.

Acusan al proyecto minero de  la empresa británica Beowulf de amenzar su cultura  y la cría de renos. Afirman que Suecia está regalando sus recursos naturales, con una gran destrucción del medio ambiente y cultural y que Suecia ha colonizado paulatinamente las áreas sami.
El pueblo sami es un pueblo originario con aproximadamente 80,000 habitantes  en el norte de cuatro países: Suecia, Noruega, Finlandia y Rusia. El eje de la cultura sami es la crianza de renos, cuyo pastoreo requiere extensas áreas.

La compañía británica Beowulf Mining Plc recibió  la aprobación del Estado sueco para iniciar la exploración minera en Kallak al norte de Suecia en territorios del pueblo Sami. La empresa pretende extraer hierro bajo la modalidad de explotación a cielo abierto.

Los sami señalan que la actividad que realizará la compañía británica Beowulf Mining Plc en Kallak afectará las condiciones de vida del pueblo Sami, dedicado tradicionalmente al pastoreo de renos, a la caza, la pesca y actividades eco turísticas. Temen que el impacto ambiental a raíz de la explotación de minerales contamine las fuentes de agua, destruya las zonas de líquenes que son imprescindibles para el pastoreo de renos, entre otras afectaciones a los ecosistemas locales.

Además, las explosiones podrían traer como impacto secundario una catástrofe si la represa hidroeléctrica cercana, se resquebraja y origina una inundación en la zona, causando costos y daños irreparables.

“Es hora de tomar una posición y hablar con claridad.  ¿Pueden  los intereses mineros devastar una cultura indígena a pesar de que viola los derechos humanos fundamentales? ¿Y esto puede ocurrir en silencio en una democracia? Para nosotros, la lucha por Kallak no sólo una cuestión ambiental, aunque  tememos que el medio ambiente en la zona y vías fluviales circundantes sean destruidos para siempre. Para nosotros, la lucha por Kallak es principalmente una cuestión de  la supervivencia de la cultura sami”.

Verano No Tav: las últimas noticias desde el valle que resiste

•septiembre 10, 2012 • Dejar un comentario

Valentina Natale. Solamente escrittura

También este año ha tenido lugar el campamiento No Tav en Val de Susa, la cita internacional que reune a centenares de activistas y de opositores al tren de alta velocidad. El campamiento ha empezado el pasado junio, con un mes dedicado a los estudiantes y se concluirá a final de septiembre.

 

Continuan las detenciones 
El pueblo No Tav está decidido a continuar la lucha a pesar de la represión que se vuelve cada día más claustrofóbica y voráz. Ayer decenas de habitaciones de compañerxs han sido registrada y dos de ellxs, Massimo Passamani y Daniela Battisti, han sido encarcelados, con la acusación de asociación subversiva.

En este momento Daniela se encuentra a los arrestos domiciliarios mientras que Massimo ha sido trasladado en la cárcel de Tolmezzo. Se lee en diferentes documento que Massimo ha sido acusado de ser el “líder” de los anarco-insurrecionalistas italianos y el jefe del area violenta del movimiento No Tav. Es bastante ridículo pensar que unos anarquistas puedan tener un jefe, y es ridículo también pensar que el movimiento No Tav estea dividido en dos areas y que la parte violenta sea organizada de forma vertical, con un líder que controla a lxs activistas como fueran soldados sin cerebro.

Para la máquina represiva estatal es imposible pensar en individuos libres, que actuan movidxs por sus ideales, de forma independiente y sin obedecer a ningun orden. Después de todos estos años en los que lxs No Tav ha demostrado de ser un movimiento eterogeneo pero único, sin verticalidad o líderes, que utiliza todas las estratégias necesaria para llegar a su objetivo, desde la manifestación pacífica hasta la acción directa, el estado continua intentando actuar la estratégia del “divide et impera” para frenar a este movimiento que se vuelve cada día más fuerte.

Estas últimas detenciones son sólo una pequeña parte de una maniobra represiva que en el último año ha visto decenas de anarquistas encarceladxs sin ninguna acusación concreta (a parte de sus ideales), esta estratégia ha llevado el nombre de Operación Ardire, de Operación Mangiafuoco y de represión en contra de lxs activistas No Tav.

 

 

Nuevas estratégias de la represión
El verano No Tav, ha cambiado a partir del 21 de julio, cuando el jefe de la digos (policia política) Petronzi ha sido herido a causa la explosión de un petardo durante una manifestación nocturna. Desde entonces el control sobre lxs participantes al campamiento ha aumentado de forma extrema.

Los medios de comunicación y las fuerzas del orden han declarado que el campamiento sería en realidad una “base para-militar”, desde donde los violentos se organizan, sin mencionar la violencia brutal que los hombres en divisa hacen cada día en contra de lxs habitantes del valle y del territorio.

El riesgo de desalojo ha sido muy alto por unos días, pero en seguida las autoridades han decidido utilizar una estratégia preventiva, probablemente por miedo al hecho que un desalojo hubiera provocado una reacción masiva por parte del movimiento, como pasó el 3 de Julio del 2011.

Desde la noche de la manifestación nocturna, cada vez que el pueblo No Tav se organizaba para una acción, como distribuir octavillas o simples paseos en los bosques, venían bloqueadxs por horas y identificadxs. Las patrullas de policías han ocupado la plaza central de Chiomonte, con el objetivo de parar y identificar a cada persona tuviera una pinta de “No Tav”. Después de algunas semanas los habitantes de Chiomonte (pueblo que no se había nunca expresado abiertamente en contra del Tav) han empezado a demostrar solidaridad con los activistas y a expresar su desaprobación para la ocupación militar de su pueblito.

Mientras tanto otrxs 12 compañerxs han recibido medidas restrictivas, como arrestos domiciliarios o obligación de permanecer en la ciudad donde residen, para haber participado en la manifestación en contra de la zona de obras del Tav el pasado 8 de diciembre.

 Mientras que otrxs 35 activistas han recibido el “Foglio di via” (expulsión de Val de Susa o de Italia en caso de personas no italianas) para haber participado a la acción para contrastar el tren Castor, el tren que transporta residuos nucleares, que ha atravesado Val de Susa el mes pasado.

También hay novedades sobre los activistas (Alessio y Maurizio), encarcelados el pasado enero para haber participado a la manifestación en Val de Susa el pasado 3 de Julio, se encuentran todavía en la carcel de forma preventiva. Mientras que Juan, ha sido trasladado a los arrestos domiciliario el mes pasado. Los tres han decidido renunciar a defenerse de las acusaciones de violencia y resistencia, en cuanto rechazan la autoritad del Estado y de sus estructuras represivas. En este momento Maurizio se encuentra todavia en aislamiento.

Verano en el campamiento y estado de las obras 
Este año el campamiento No Tav de Chiomonte ha acogido a muchxs más personas del año pasado. Es probable que los acontecimientos de este año y las actividades informativas que se han organizado en toda europa hayan sido unas de las causas de tanta participación. Sin duda se ha confirmado la importancia de esta lucha en el panorama de resistencia europeo y también la voluntad de la población local de continuar su oposición al proyecto.

 

 

 De mientras las obras para la excavación del túnel geognóstico siguen siendo una farsa. La zona de la baita, donde el año pasado se habían construido las casitas en los árboles ha sido destrozada. Centenares de arboles con más de 300 años han sido desarraigados, y la tierra sin vegetación, se ha vuelto en una extensión árida y gris. Su perímetro ha sido cerrado por cenetenares de metros de vallas y dentro los policias y los militares parecen los habitantes de un zoo triste, donde deambulan sin sombra los últimos sobrevivientes de una humanidad estúpida y suicida.

Aquellos bosques donde se habian escondido los partisanos han sido arrancados en pocas horas y el río Clarea, antes cristalino, se ha vuelto en un vertedero para los escombros de las obras. Además se trata de obras de fachada, las escavadoras no hacen otra cosa que trasportar la tierra de una parte a a la otra, para justificar a los hojos de la prensa, la ocupación y la destrucción de aquel lugar.

Lxs activistas se han reapropiado de una pequeña parte del bosque, que aún no ha sido destuida y han constuido una cocina de piedra, mesas y un techo, para intentar resistir a esta obra que de grande tiene sólo su inutilidad y nocividad.

La sombra del fracking

•agosto 27, 2012 • 1 comentario

Capitalismo rural

•julio 13, 2012 • Dejar un comentario

Desde hace algún tiempo quienes sentimos cercanía, interés y respeto por el campo y la vida campesina hemos asistido, desconfiados, al redescubrimiento del ámbito rural por parte de las instituciones, así como al inicio de un nuevo monólogo de la clase política para convencernos, una vez más, de que tiene la solución a todos nuestros problemas. Que el capitalismo se vuelve verde es algo ya sabido, como también que se trata de una estrategia encaminada a la perpetuación de la industria desarrollista. Lo que hoy llega, sin embargo, es novedoso y requiere un análisis pormenorizado. Se trata de la recuperación de una parte de la economía que el capitalismo había desechado en su carrera hacia la tecnología, la velocidad y el asfalto: la economía rural. O capitalismo rural, como lo he bautizado.

Este nuevo paso del capitalismo consiste en un rosario de iniciativas supuestamente en favor de la agricultura ecológica, la recuperación de los usos tradicionales, la sostenibilidad de la vivienda, la creación de bancos de tierras… Pero la cosa no se queda ahí: además de este interés por la vida y la economía campesinas, los políticos —y las instituciones que dirigen— han comenzado a hacer uso de un lenguaje que hasta el día de hoy era propio de ideólogos decimonónicos, de idealistas y de militantes de los movimientos sociales (ahora denominados “radicales antisistema”). Hablamos de términos como apoyo mutuo, autoempleo, solidaridad, comunidad (en su sentido de comunismo), etcétera. A nadie se le escapa que la vida en las urbes capitalistas (¿deberíamos decir ubres capitalistas?) se está volviendo cada vez más difícil; para algunas personas, de hecho, la situación roza ya lo insoportable. La velocidad a la que el sistema desmonta el espejismo del bienestar, privatiza servicios y derechos hasta ayer intocables, expulsa a decenas de miles de personas de sus puestos de trabajo sin garantía alguna, fortalece las fuerzas represivas y expolia las arcas públicas (¿alguna vez lo fueron?) da buena cuenta de la orientación que ha tomado la clase gobernante, vinculada sin rubor al casino financiero, y del derrotero por el que discurrirá el entramado europeo en general y el Estado español en particular durante los años venideros.

Pero el poder, y, sobre todo, el poder capitalista, se distingue entre otras cosas por su capacidad de adaptación, redefinición, y, como diría el neofascismo europeísta, de refundación. Es por ello que tras medio siglo de destrucción perseverante del medio rural, ahora vuelve el interés por la reactivación de una economía y una organización social que creíamos sepultada bajo los raíles del progreso. Tras años de crisis más o menos suave y, sobre todo, ante la promesa de nuevos hitos de vergüenza política, explotación miserable y aberraciones varias, urge ofrecer válvulas de oxígeno —o simplemente vías de escape— para buena parte de esos explotados a quienes el Estado y el Capital van a dejar, o han dejado ya, sin asistencia y casi sin existencia. Ahora que las oportunidades escasean en las megaciudades y sus calles amenazan con convertirse en refugio —y previsiblemente campo de batalla— para la horda de burgueses expulsados del Edén asalariado y la lógica consumista, es tiempo de reinventar el viejo discurso de la austeridad, la sencillez, la ecología y la armonía con el entorno. De un plumazo y sin que apenas tengamos tiempo de digerirlo, hemos pasado de las políticas de reconversión a la preocupación por la sostenibilidad; de la criminalización de la ganadería y la agricultura tradicionales al discurso sobre las bondades del campo y sus ancestrales métodos productivos; de la mistificación del ladrillo a la adoración del adobe; de la producción intensivo-industrial a precios ínfimos a la obsesión ecológica a cualquier precio; de la construcción desaforada de chalets en parcelas de cultivo y la destrucción de infraestructuras de regadío a la tutela de iniciativas de autoempleo en el ámbito de la agroecología. El decrecimiento y la ecología eran sólo la base teórica de esta nueva composición del Capital. Lo que ahora nos llega es, al fin, su materialización en políticas reales.

Tomemos como ejemplo las iniciativas Red Terrae y Abraza la Tierra. Promovidas por ayuntamientos locales, Ministerio de Agricultura, Fundación Biodiversidad y gobiernos autonómicos, estos proyectos fomentan la creación de bancos de tierras mediante los cuales sea posible poner en comunicación a propietarios de terrenos en desuso con potenciales arrendatarios que suscriban un contrato basado en el compromiso de “preservar el paisaje y la biodiversidad rural, fomentar el uso de variedades hortícolas, agrícolas y ganaderas autóctonas, aprovechar los residuos y abonos orgánicos, recuperar la identidad agraria tradicional, fomentar la iniciativa social y el autoempleo”. Puede parecer una broma, pero no lo es. De repente y sin previo aviso la economía rural quiere ser sostenible y preservar la cultura campesina. Es significativo, sin embargo, que a renglón seguido la convocatoria inste a las personas interesadas a aceptar la mediación del organismo institucional, que será quien posibilite, supervise y tutele dicha colaboración, condición que incide, una vez más, en el mito de la necesidad de tutela de las personas, a las que presupone incapaces de establecer comunicación por sí mismas, además de insensibles al medio ambiente y con tendencia a destruir su cultura autóctona. Esta afirmación es interesante porque, de hecho, es así: las empresas agrícolas y ganaderas usan técnicas y tecnologías que atentan contra el medio rural y el medio ambiente en general, pero este comportamiento no surge espontáneamente de las propias personas que regentan esas empresas, sino que responde a las exigencias y condicionamientos del mercado capitalista, empeñado durante décadas en acabar con toda iniciativa que no se ajuste a sus necesidades y objetivos. En otras palabras: abren una nueva vía de negocio controlada por ellos mismos pero la dotan de un discurso que en apariencia les contradice. ¿Paradoja de la vida o estrategia de supervivencia?

El poder no va a prescindir del control absoluto sobre las actividades y los recursos, y si el disfraz de preocupación por lo rural le está funcionando es sólo porque en la mayor parte del territorio no se ha producido aún el enfrentamiento entre personas e instituciones, es decir, entre legalidad y legitimidad, a la hora de acceder a la tierra. Lo sucedido en Somontes (Córdoba) es un claro ejemplo de ello: se trata de un extenso terreno de cultivo, propiedad de una familia aristocrática, que se encontraba en situación de abandono casi total. Varios trabajadores y trabajadoras del campo ocuparon la finca e hicieron valer su capacidad de trabajo, empoderándose y reconociéndose el derecho sobre la tierra en desuso. A los pocos días, la Guardia Civil se presentó en la finca y procedió al desalojo. Sin embargo, los trabajadores y trabajadoras respondieron con la reocupación, enviando así un claro mensaje de insumisión a la autoridad represora y al caciquismo local. Otro ejemplo que también resulta esclarecedor es el caso del colectivo Bajo el Asfalto está la Huerta (BAH!), que centra su actividad en el ámbito de la agroecología y busca para ello el territorio de expansión capitalista por excelencia: la periferia urbana. Esta iniciativa —y otras similares que surgieron después— ha visto en repetidas ocasiones cómo los gobiernos locales y autonómicos les expulsaban de la tierra de labor que previamente les habían cedido argumentando la necesidad de disponer de esas parcelas para la construcción de aeropuertos, carreteras y demás intervenciones “de interés público”, infraestructuras que poco a poco ganan terreno para la megaurbe y destruyen los últimos vestigios de un entorno rural por el que nadie daba un duro.

¿Acaso podemos creer que una clase política y empresarial dedicada durante décadas a erradicar la cultura agropecuaria y la vida rural ha sido imbuida de pronto por un amor incondicional al campo? Debemos inclinarnos, más bien, a pensar que ante la incertidumbre de la crisis y la caída frenética de sectores como la construcción y las finanzas, buscan a toda costa nuevas fórmulas hacia las que enfocar su esfuerzo especulativo y destructor. El territorio, como advierten desde hace tiempo algunas mentes preclaras, es el campo de pruebas del capitalismo internacional, y su dinámica pasa por la conversión del entorno —paisaje, recursos y personas— en bienes de consumo. La ecuación es sencilla: si en la ciudad ya no hay sitio, es necesario ampliar el mercado; y en ese concepto de ampliación cabe cualquier lugar que pueda ser explotado, integrado en el sistema productivo y comunicado por medio de carretera, puerto o aeropuerto. El negocio se ha vuelto verde y los beneficios que se preveen estimulan eficazmente las glándulas inversoras de los conglomerados empresariales. Un ejemplo de ello es la reorientación de la construcción “sin ley” que se ha practicado durante los años de la burbuja inmobiliaria hacia un nuevo concepto de vivienda sostenible, respetuosa con el paisaje, integrada en el ecosistema y propensa al uso de materiales ecológicos. Para ello, se ha presentado en la Comunidad de Madrid un anteproyecto de ley que permitirá la construcción en áreas protegidas (ya que, dicen, estas viviendas carecerán de impacto ambiental), abriendo así la veda para que las empresas constructoras y los ayuntamientos perpetúen su negocio con la excusa de que la ciudadanía madrileña demanda una vida más en equilibrio con la naturaleza.

¿Y qué tiene esto que ver con la apropiación terminológica que decíamos al comienzo? La respuesta es: todo. Ahora que el capitalismo deja entrever sus fauces y los entramados financieros se despojan de sus máscaras, se producen por todo el “norte opulento” estallidos de indignación ciudadana, tentativas de soberanía popular por medio de estrategias de democracia directa y numerosas propuestas para la construcción de espacios liberados donde repensar las relaciones humanas y caminar hacia nuevos modelos económicos y sociales. Muchas personas, ya sea por coherencia política, por experimentación o por pura necesidad han comenzado a buscar alternativas en el medio rural y a tejer redes enfocadas a la recuperación de un tejido que haga posible la ayuda mutua, la confianza y el colectivismo entendidos en su acepción original, es decir, como convivencia libre y al margen de superestructuras, mercados, propiedad privada e intereses individuales.

En este contexto de dificultad, como decíamos al principio, el capitalismo se reinventa apoyándose en la complicidad de las instituciones y en las iniciativas reformistas del Estado asistencial. Y se apropia sin pudor de buena parte del discurso de la izquierda social para lanzar una versión light, bienintencionada, burguesa, de algunas de sus propuestas, como son: la soberanía alimetaria, la economía campesina basada en lazos comunitarios y en la gratuidad, la autogestión de la vida cotidiana, el apoyo mutuo y los principios de la agroecología como base para un nuevo modelo de producción. El sistema sabe que su crisis podría dar alas a una izquierda anticapitalista que ha surgido de la marginalidad para lanzar un mensaje de ruptura y de proposición de alternativas. Sabe, igualmente, que sus reformas laborales, ajustes y recortes supondrán un enorme coste de potencial humano que, habiendo sido despojado de su capacidad de consumo —y sin la figura ya de ese Estado protector que lo proveía de una renta básica—, deberá ser reconducido no sólo hacia otras actividades al margen de la producción industrial y de servicios, sino también hacia otros lugares fuera de la ciudad y de la tentación de la revuelta. Con toda esa masa humana instalada de nuevo en el campo, los gobernantes sucumben a su sed de poder y al imperativo de control de los recursos que impone el Capital, se lían la manta a la cabeza e inventan toda suerte de fórmulas que les ayuden a despojar a la gente de su capacidad de decisión, o, mejor dicho, a evitar que esa capacidad llegue a sus manos. Antes que enfrentarse a las iras de una muchedumbre desesperada y quizá tentada por el resurgir de ideologías libertarias, optan por su desmovilización mediante estrategias de reconversión, y recrean para ellos un discurso que les brinde la oportunidad de pronunciar palabras biensonantes y vacías, practicar una “autogestión” tutelada, experimentar sucedáneos de comunidad en entornos falsamente ruralizados, crear cooperativas destinadas a un mercado donde la solidaridad lucrativa y la adulteración del colectivismo son valores en alza, y doblegarse (¡cómo no!) ante la sacralidad de la propiedad privada. En definitiva, a toda una serie de medidas que permitan al ciudadano venido a menos sobrevivir en un contexto de crisis, al capital financiero instalarse en la totalidad del territorio — disolviendo el obsoleto Estado-fábrica en el nuevo modelo de Mercado total (o totalitario)—, y a la clase política afianzarse en sus poltronas.

Que nadie se engañe: la crisis no remitirá en un par de años, tras los cuales regresaremos a un estadío más amable del capitalismo asistencial. La crisis no existe, es sólo el ajuste que el sistema requiere para avanzar hacia la nueva era posterior al Estado de bienestar, una era que se define en términos de fascismo, ultracapitalismo y ecología. Por eso la izquierda creativa, la iniciativa antisistema y todas aquellas personas que transitamos hacia la autogestión real y el anticapitalismo honesto deberemos estar más atentos que nunca para evitar a los que Miquel Amorós califica de “recuperadores” del sistema, aquellos elementos que bajo el disfraz del discurso crítico y alternativo ocultan el rostro de la dominación. Deberemos también repensar el lenguaje, reafirmarnos en él con la asertividad irrefutable de la práctica. Y, en la medida de nuestras posibilidades, ayudarnos mutuamente en el esfuerzo conjunto de combatir este sistema y construir realidades más allá de la lógica del Capital.

*Colaboración de Juako Escaso [Manzanares El Real, junio de 2012]

Valencia en llamas: Una crítica a la tecnificación y profesionalización de la gestión de incendios forestales

•julio 3, 2012 • Dejar un comentario

Dos incendios en la comunidad valenciana han arrasado ya con unas 55.000 hectáreas:
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A raíz de esta situación queremos difundir este texto, referido al incendio forestal en el Valle del Tiétar hace unos años, pero con argumentos plenamente aplicables al caso valenciano. Si la cosa desde entonces ha cambiado en algo ha sido a peor, ya que a las miserias de la profesionalización y tecnificación en la gestión de incendios se une la falta de efectivos con motivo de los recortes. Hay quien ya se ha lanzado a hacer demagogia y situar los recortes como principal causa. Sin desdeñar el impacto de estos, consideramos necesario ir más allá y señalar como causas directas y principales de la situación de nuestros bosques:

1. La valorización capitalista del territorio, que prioriza la capacidad de producir beneficios a las necesidades ecológicas y, en consecuencia, a las humanas. Por ese motivo miles de hectáreas de bosque se han visto degradadas y posteriormente convertidas en chalets, urbanizaciones, campos de golf…

2. El paternalismo estatal y la separación de las personas del entorno natural que los sustenta.
Sobre el incendio que arrasó el Valle del Tiétar en 2009
Una crítica a la tecnificación y profesionalización de la gestión de incendios forestales

Agustín López Tobajas

Si se aspira a que una catástrofe como el incendio que arrasó una parte importante del valle del Tiétar el pasado 28 de julio no vuelva a repetirse, se impone, antes de nada, una reflexión sobre los diversos aspectos del suceso. Dejaremos de lado aquí cuál pueda haber sido el origen del fuego y todo lo relativo a lo que parece su probable carácter intencionado. Tampoco se ocupa este escrito de las circunstancias «ambientales» relativas a la prevención de los incendios, como el tema «pinos frente a bosque autóctono», «limpieza del monte», etc., y tampoco se hablará aquí, por ejemplo, de los criterios que se deban seguir para la recuperación de las zonas afectadas, temas que exigirían otras tantas reflexiones independientes.

La perspectiva de este escrito se limita estrictamente a la forma en que se actuó en el proceso de la extinción y a algunas de las medidas que se tomaron para apagar —o, mejor dicho, para no apagar— un fuego que atravesó libremente y en repetidas ocasiones caminos, carreteras y cortafuegos, un día en que no hacía demasiado viento, en lo que resultó ser un ejercicio de incompetencia difícilmente superable. Tampoco se pretende buscar responsabilidades personales (independientemente de que pudieran existir y de que sea pertinente hacerlo) sino ahondar en las motivaciones subyacentes de las decisiones adoptadas.

Entre esas decisiones hay dos, con muy distinta incidencia sobre el desarrollo global del fuego pero de idéntica naturaleza y, de algún modo, indisociables, que parecen particularmente significativas: la prohibición de acceder al incendio a los numerosos voluntarios que se ofrecían a colaborar y la evacuación forzosa de los residentes en la zona. Aunque la segunda de ellas —es decir, la evacuación— pueda tener una relevancia muy escasa o nula en cuanto al desarrollo global del incendio, no deja de ser cualitativamente importante por lo que significa y por afectar vitalmente a un número nada despreciable de personas.

En efecto, la evacuación forzosa es, por encima de todo, una injerencia inadmisible en la libertad individual, propia de un Estado totalitario, y una negación flagrante del legítimo derecho de toda persona a defender lo que es suyo y, más en particular, su vivienda y su tierra. Análogamente, la prohibición a los voluntarios de participar en las labores de extinción —circunstancia que sí fue decisiva en la propagación del fuego— es, aparte de un ridículo acto de arrogancia y de paternalismo por parte de los organismos oficialmente encargados de la extinción, una actitud idénticamente atentatoria contra la colectividad, en tanto que prohibición a todo un pueblo de defender la tierra que legítimamente le pertenece y a la que pertenece. El acto es tanto más patético cuanto que entre el voluntariado se contaban personas con sobrada experiencia en este tipo de sucesos y con un conocimiento concreto del terreno, absolutamente esencial en la extinción de un incendio, conocimiento del que demostraron carecer por completo no sólo las brigadas llegadas de otras comarcas más o menos próximas (lo que es, naturalmente, comprensible) sino también todo el personal «oficialmente» encargado de la extinción, en particular quienes se encontraban al mando de las operaciones.

Ahora bien, estas dos medidas, más allá de las personas concretas que las pudieran dictar, están sustentadas en unas actitudes sociales hoy en día generalizadas, que es preciso poner de manifiesto, tanto más cuanto que, probablemente, sean inconscientemente apoyadas, en mayor o menor medida, de forma tácita o expresa, no solo por quienes puedan aprobar la gestión de la extinción sino también por muchos de quienes la critican.

Básicamente, parece haber cuatro razones de fondo —o, al menos, relativamente de fondo— detrás de las dos medidas mencionadas.

1) La ilusión tecnológica. Es decir, la difundida creencia de que la tecnología lo resuelve todo y de que, en este caso concreto, la extinción del fuego podía encomendarse básicamente a aviones y helicópteros. Sin duda la imagen de un grupo de paisanos con azadas y rastrillos debió de parecer a nuestros tecnologizados políticos vergonzante y «tercermundista» (la peor ofensa que en el ámbito político se le puede hacer a cualquier institución de nuestro mundo tan orgullosamente «moderno y democrático»); sin embargo, cualquier persona con una mínima experiencia en incendios forestales sabe que la realización de cortafuegos, por ejemplo, es una tarea absolutamente esencial, y que solo una masa humana considerable tiene la movilidad y la capacidad suficiente para hacer un cortafuegos de una longitud importante en escasos minutos, tarea de todo punto irrealizable por unos pocos bomberos por muy cualificados que se los suponga y por mucha tecnología de la que dispongan.

2) La especialización de las funciones sociales. Vivimos en una sociedad que ha decidido —es decir, en la que la inmensa mayoría de sus ciudadanos ha decidido o, al menos, acepta— que todas las funciones colectivas que en una sociedad normal debería asumir personalmente cada cual, ya fuere de forma individual o grupal, sean asumidas ahora por personal especializado al servicio del Estado o de grandes empresas. Todas las actividades esenciales de la vida a través de las cuales el individuo se mantiene en relación directa y real con el mundo —con el cosmos, propiamente hablando: construir o cuidar la casa en la que vive, conseguir o cultivar los productos con que se alimenta, confeccionar las ropas con que se cubre, cortar la leña con la que se calienta, etc,— y que pueden contribuir decisivamente a dar sentido a la existencia, tienen ahora un carácter estrictamente funcional y son asumidas por macroentidades de carácter anónimo y despersonalizado. El ciudadano trabaja (suponiendo que pueda hacerlo) en una actividad habitualmente impersonal, ajena por completo a su vocación existencial, cobra un dinero y, paga, de un modo u otro, para que otros se encarguen de las actividades que normalmente deberían ocupar su vida y a través de las cuales se podría realizar como ser humano. En definitiva, paga para que otros vivan su vida por él, función para la que habitualmente se encuentra demasiado atareado y sin suficiente tiempo disponible.

De este modo llega a contemplarse como algo completamente normal la especialización despersonalizante de todas las tareas básicas, una de cuyas consecuencias, por ejemplo, es que apagar el fuego que amenaza su tierra —tierra que, de no haber sido reducida a la mera condición de «medio ambiente» por el cientifismo ecologista, debería tener para él un valor sagrado— no sea un asunto vital en el que se encuentra existencialmente implicado de forma natural e inevitable, sino un problema técnico del que deben ocuparse exclusivamente los especialistas designados por la burocracia estatal.

3) La obsesión paranoica por la seguridad. Nunca a lo largo de la historia, hasta la aparición de la sociedad industrial, se había llegado a poner en peligro de forma global, como ahora, la existencia de la vida en el planeta. Es probablemente esta nueva situación la que, a través de una red de mecanismos intermedios, acaba generando en los individuos, a modo de defensiva compensación, la obsesión paranoica por la seguridad, que actualmente comparten la inmensa mayoría de los habitantes del llamado primer mundo. Parece que dentro de poco va a ser obligado asegurar hasta el bolígrafo que uno lleva en el bolsillo, circular por las calles con mascarilla permanente —haya o no haya gripe— y esterilizar la vajilla antes de cada comida.

En la medida en que las múltiples amenazas que la actual forma de vida implica son indiscutiblemente reales, esa obsesión podría tener su justificación y su eficacia si hubiera sido encauzada de una manera no neurótica y siempre que por el camino no se hubiera perdido lo esencial. En efecto, se olvida que el gran riesgo, la gran amenaza que el moderno sistema industrialista proyecta sobre los que vivimos en él no es tanto de orden físico (con toda la importancia que esto pueda tener), cuanto prioritariamente anímico: lo que, por encima de todo, en estos momentos está en peligro de muerte inminente no es tanto el cuerpo como el alma, el alma de los individuos y el alma de las colectividades, que perecen indefectiblemente en un sistema uniformizante que obliga a una existencia reductoramente física y cuantitativa, enajenada y despersonalizada. Así se promueven ridículas normativas que vigilan hasta el último detalle las esquinas de un juguete de plástico o que controlan la asepsia integral de unos alimentos plastificados, mientras se asfixia al planeta bajo millones de toneladas de basura inútil, subproductos de la fabricación de la basura «útil» entre la que diariamente nos movemos, y mientras los nuevos «ciudadanos responsables», muy preocupados por el uso de la mascarilla a la hora de pintar una puerta con titanlux, envenenan satisfechos sus inteligencias con la inmundicia intelectual que devoran cotidianamente a través de todos los canales mediáticos de la «sociedad de la información».

Esta maníaca y generalizada obsesión por la seguridad física —que se diría extrañamente combinada con un subliminal complejo de culpa que busca el suicidio colectivo—, y el pánico ante la posibilidad de asumir conscientemente ciertos riesgos específicos, explícitos pero naturales, necesarios y relativamente menores, está probablemente, de forma decisiva, detrás de esa negativa a permitir el acceso de los voluntarios al área del incendio.

4) El clima de inestabilidad generado entre la clase política por las responsabilidades supuestamente derivadas de cualquier catástrofe. En efecto, la justa y necesaria búsqueda de responsabilidades se convierte sistemáticamente en oportunista petición de dimisión de algún ministro y varios cargos políticos por parte de la oposición —sea ésta la que sea— cada vez que a la naturaleza se le ocurre la intolerable idea de asolar con un terremoto o una inundación un país democrático, dejando tras de sí la consiguiente estela de víctimas humanas. Al margen de que, dada la catadura de nuestro estamento político, toda dimisión es buena, es éste un mecanismo que el sistema sociopolítico vigente ha conseguido interiorizar hábilmente y con pleno éxito en los ciudadanos, para convencerles de que, cuando algo no funciona, la culpa es siempre de algún individuo irresponsable o incompetente, pero jamás del propio sistema; menos todavía, una fatalidad irremediable, inseparable de la precaria condición humana, posibilidad que la arrogante conciencia del homo technologicus ni siquiera se digna contemplar.

En definitiva, se puede criticar a las personas pero no poner en cuestión el orden establecido. De este modo, la crítica de los funcionamientos (actitud ahora propia de todo ciudadano bienpensante y progresista) reprime y abroga el derecho a rechazar la estructura (actitud propia de indeseables elementos antisociales). Esta institucionalización de una crítica blanda, por la que todo el mundo considera un deber protestar, reivindicar, acusar y pedir dimisiones a diestro y siniestro, pero que jamás cuestiona el «orden» global, se une al apego al cargo; y, naturalmente, cualquier político se lo pensará dos veces antes de permitir una actuación que, por muy justa y necesaria que sea, caso de salir mal, podría costarle el puesto.

Este mecanismo se acompaña, por otra parte, de un argumento supuestamente «humanista», pero en realidad radicalmente demagógico, en virtud del cual se proclama de manera cínica y pomposamente teatral que es preferible que se quemen miles y miles de hectáreas de bosque a que una persona corra el riesgo de perder la vida, como si ambas magnitudes fuesen comparables y como si no hubiese causas que justificasen la asunción de un riesgo que cada cual, por lo demás, es libre de asumir o rechazar. Esta sobrevaloración ostentosa y descontextualizada de la vida humana no pasa de ser una expresión particular del superhinflado ego colectivo del hombre contemporáneo.
En definitiva, es el modelo social ampliamente aceptado por la mayoría de la población y defendido con idéntico énfasis por todas las fuerzas políticas, de derechas y de izquierdas, el que se encuentra de forma directa y relativamente inmediata detrás de la ineficacia para apagar el incendio del valle del Tiétar. Búsquese, pues, si ha lugar, a los responsables inmediatos de tanta incompetencia, pero no se caiga en la ingenuidad de pensar que una mera sustitución de personas o partidos resolverá ningún problema.

En la consciencia de que los análisis teóricos no excluyen la propuesta de medidas concretas (lástima que, a la inversa, quienes con mentalidad supuestamente pragmática y eficiente dicen ocuparse «críticamente» de lo urgente jamás tengan tiempo para ocuparse de lo esencial), se hace desde aquí un doble llamamiento a la población para que en futuras ocasiones, es decir, de cara a futuros incendios que sin duda se producirán, se adopten dos medidas específicas con respecto a los temas aquí considerados, independientemente, claro está, de las que se puedan adoptar en relación a otros aspectos:

1. Resistirse individualmente de forma inflexible (que la resistencia sea más o menos pasiva o activa quedaría a la decisión y el coraje de cada cual) a cualquier intento de evacuación forzosa e indiscriminada de quienes no quieran marcharse, de modo que, como mínimo, las «fuerzas del orden» tengan que sacar literalmente a rastras a los interesados.

2. Ignorar colectivamente, desde el primer momento, de forma tan resuelta y contundente como fuere necesario, todo intento por parte de los burócratas de turno (sean municipales, autonómicos o estatales, «progresistas» o «conservadores») de impedir o dificultar la legítima e imprescindible acción de los voluntarios en las tareas de extinción, es decir, dar la respuesta que se merece a la totalitaria pretensión de conculcar el legítimo derecho de los hombres y mujeres de este pueblo a defender lo que es suyo.

Arenas de San Pedro, 16 de agosto del año 2009

El decrecimiento revisitado

•julio 2, 2012 • Dejar un comentario

Aunque por tu modestia no lo creas,

las flores en tu sien parecen feas.”

Ramón de Campoamor

La constatación de la crisis presente como resultado de la etapa final del sistema capitalista, la globalización, ha originado una reacción contra las grandes corporaciones y las altas finanzas que se está materializando en dos clases de respuesta, una política y otra económica. La primera trata de sustraer al Estado de las influencias del mercado mundial, por una serie de medidas que le devuelvan su autonomía y le faciliten el control de los movimientos financieros. Al mismo tiempo, mediante una reforma del parlamentarismo, trata de fortalecer el sistema de partidos. Esto se resume en el “ciudadanismo.” La segunda, intenta fundar un sistema alternativo cohabitando con el capitalismo, basado en la expansión de lo que los americanos llaman “tercer sector” y los europeos, “economía social.” La vuelta pues al Estado-nación revitalizado y la promoción de una economía informal y solidaria sumergida en la sociedad mercantilizada.

La crítica del actual momento capitalista ha dado lugar a diferentes teorías, una de las cuales es la del “decrecimiento.” En conjunto ya forman una subcultura, puesto que el avance de la crisis ha conformado un amplio gueto. Todas ellas recogen fragmentos críticos anteriores que flotan dispersos a falta de que un movimiento generalizado de protesta social los unifique, y que alimentan de forma diversa y contradictoria el “imaginario” de los contestatarios. En general, parten de los límites del proceso de acumulación ampliada (el “crecimiento”) y de su repercusión en el entorno, ya señalados en los años sesenta del siglo pasado por economistas críticos y por los primeros ecologistas. Después, van incorporando elementos basados en el funcionamiento económico de las sociedades indígenas redescubiertas por la antropología en la década anterior, o en la autoorganización de las barriadas periféricas de las metrópolis africanas, o en la crítica de las nuevas tecnologías, o en algunos postulados libertarios, etc. De todas las teorías, la del decrecimiento sería la que más asume las conclusiones que se imponen, es decir, la que no retrocede ante el cuestionamiento del “desarrollo” y del “progreso” persiguiendo “otro” desarrollo y “otro” progreso, bien se llame social, local o sostenible. Al contrario de lo que su denominación parece indicar, una sociedad del decrecimiento no significa para la mayoría de los autores una sociedad en recesión o con crecimiento negativo, sino una que no necesita crecer o desarrollarse para funcionar, una sociedad en la que el crecimiento o desarrollo no sea condición necesaria de existencia, una sociedad de “objetores del crecimiento”. En resumidas cuentas, una sociedad no capitalista.

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El vertedero político vasco

•julio 2, 2012 • Dejar un comentario

“En materia política, el optimista es un hombre inconstante y aun peligroso, porque no advierte los grandes obstáculos que presentan sus planes. Para él, éstos parecen poseer una fuerza propia que los conduce a su realización con tanta mayor facilidad—cree— puesto que están destinados a producir más gente feliz. Con frecuencia, está convencido que algunas pequeñas reformas efectuadas en la estructura política y sobre todo en el gobierno personal, bastarían para orientar el movimiento social, y atenuar lo que el mundo de hoy ofrece de más atroz a las almas sensibles. Desde que sus amigos están en el poder, manifiesta que es preciso dejar pasar las cosas, no apresurarse demasiado y saber contentarse con lo que les sugiere su buena voluntad. No es siempre el interés solamente el que le dicta esas palabras satisfechas, como se ha creído tantas veces: el interés está fuertemente apoyado por el amor propio y por las ilusiones de una chata filosofía. El optimista pasa, con una evidente facilidad, de la cólera revolucionaria al pacifismo social más ridículo. Si el optimista tiene un temperamento exaltado y, si por desdicha, se halla armado de un gran poder que le permite realizar el ideal que se ha forjado, puede conducir a su país a las peores catástrofes. No tarda mucho en reconocer, en efecto, que las transformaciones sociales no se realizan con la sencillez que había imaginado. Culpa de sus sinsabores a sus contemporáneos, en vez de explicar la marcha de las cosas por las necesidades históricas. Se siente dispuesto a hacer desaparecer a las gentes cuya mala voluntad le parece peligrosa para la felicidad de todos.”

 G. Sorel, “Reflexiones sobre la violencia”

En los últimos tiempos, va subiendo el tono del debate del tratamiento de los residuos en la CAV y de la ya célebre recogida ‘puerta a puerta’ (PaP), tomando una inusitada centralidad en el griterío preelectoral. Y en política, mejor no creer en las casualidades… Obviamente, tanto PSE como PNV iban a aprovechar cualquier ocasión para el desgaste parlamentario hacia la Diputación guipuzcoana gobernada por Bildu, con una oposición en bloque a la que se suma el PP. Pero sería demasiado fácil dejar caer todo el peso de la cuestión en la simple política de frentes. Hemos oído últimamente que el político es el terreno donde el Estado español es más débil frente a la Izquierda Abertzale. Sea lo que sea lo que quiera decir esto, es en la vertiente electoral y especialmente gubernamental donde se está librando otra parte de la batalla, la de la hegemonía del abertzalismo, en pugna con el PNV. Porque la irrupción electoral de Bildu no es más que el pistoletazo de salida en esa disputa, la cual se decide realmente en la actuación institucional posterior. Y precisamente es en las artes de gobierno, donde los jeltzales están atacando más a la IA, la cual ha mordido el anzuelo introduciéndose de lleno en esa carrera de ver quién es más eficiente en la administración pública, para ganar el sillón de la lehendakaritza.

Entre gestores anda el juego

En el espectáculo político, como escenificación de la competición entre partidos, candidatos y programas, que buscan satisfacer a las masas de votantes, ofreciendo un producto atractivo, creíble, centrado, lo más posiblemente aséptico,  poco conflictivo y traumático, es donde entra un tema que podría parecer tan secundario como el de los residuos. Insistir en la neutralidad de la gestión no hace sino confirmar que es pura ideología. Pretender ganar en ese terreno en el que la política queda reducida a criterios técnicos, supone automáticamente subirse al carro de los políticos y especialistas intercambiables, siniestramente iguales, apreciándose sólo una leve diferencia de envoltorio entre ellos. Vender gestión pura y dura, con argumentos tan aplastantes como que ya se hace en la UE o que el ministro español alaba ese modelo, no es más que revelarse y reivindicarse ya sin complejos como un partido de orden. El veterano PNV afronta riesgos al apostar por soluciones tan susceptibles de oposición popular, y más en Gipuzkoa, como la incineradora. Pero eso no les preocupa demasiado y saben andar con cautela, ya que lo que se está jugando aquí es el liderazgo del país. De hecho, si no hubiera sido Bildu quien hubiera reivindicado el puerta a puerta, serían ellos quienes lo habrían promocionado. Saben perfectamente que pueden adoptar el papel que quieran e instrumentalizar distintos modelos maquiavélicamente para luego utilizarlo como arma arrojadiza contra el oponente. Globalmente tienen todas las que ganar: nadie mejor que ellos puede adoptar esa falsa moderación y centrismo que exige la gestión. Y es que, conocen al capitalismo vasco como si lo hubieran parido. ¿Quién va a ofrecer mejores soluciones, más eficientes, mejores maneras de ocultar los trapos sucios, que ellos? Porque el día en que la IA sea capaz de sustituir al PNV en la tarea de administrar el capitalismo vascongado, lo habrá conseguido a base de reemplazarlo, es decir, de no diferenciarse realmente de él y adoptar en definitiva su papel.

La Escandinavia del Cantábrico

A nadie se le escapa que en lugares como Catalunya, pero también la CAV, se mira mucho a Europa en la implementación de nuevas políticas. De hecho esto ha sido bandera de la burguesía vascongada encarnada en el PNV, que como vanguardia modernizadora y europeizante mira por encima del hombro a la vieja España cañí, para luego confirmar que ha sido y es un pilar de la burguesía española y su Estado. El asunto toma mayor dramatismo cuando es desde el pretendido independentismo revolucionario desde donde se nos argumenta en contra del caciquismo español, del chanchulleo, del imperio del hormigón y las constructoras, del “España es nuestra ruina”… para hacernos ver la luz de la Europa moderna, cívica, la de las políticas verdes y sus empresas homologadas. Decía Arzalluz que los del puño y alto querían hacer de Euskadi la Albania del Cantábrico. Nada más lejos de la realidad, cuando el horizonte independentista hoy va aparejado a una novedosa alternativa socioeconómica que no es más que la enésima reedición del Estado social a la escandinava, de lo que siempre habíamos conocido como socialdemocracia, con los tintes verdes que exigen hoy los tiempos. Y es que convencer con los mismos argumentos al que sólo quiere ser gobernado sin sobresaltos, y a aquel que no tiene otro horizonte que la transformación radical de la sociedad, es difícil que de buenos resultados. No se puede ganar al centro y la radicalidad al mismo tiempo.

Alternativas y maximalismos

Se suele decir que es muy fácil criticar desde la barrera. Puede ser. Pero no lo es menos que desautorizar a su vez al crítico, ya sea llamándole maximalista, , alejado de la realidad, “cuanto peor mejor”, “todo o nada”, falto de alternativas, o incluso acusándole de hacer el juego al enemigo, por no comulgar con ruedas de molino que exige la administración de la nocividad. No queda pues espacio para la crítica. La exigencia para ofrecer alternativas y pragmatismo recuerdan a las que exigen hoy por ejemplo los promotores del TAV. La imposición se basa en la “necesidad” de dichos proyectos y en la ridiculización del opositor utópico. Así como en el autoconvencimiento de la viabilidad a largo plazo de nuestro modo de vida, mediante ciertos pequeños cambios que no son sino una huida hacia delante. Ante las consecuencias del capitalismo, sólo queda ya el delicioso hedor de la gestión. Pero la crítica no va ya hacia la clásica acusación de reformismo o etapismo por dar soluciones parciales. Ni siquiera a quedarnos en que esas políticas verdes sean un mero parcheo insuficiente. Sino que además de que se está limitando la acción a dar una salida a las externalidades negativas del sistema sin introducir una crítica radical del conjunto, es el proyecto del capitalismo hoy el que exige esos cambios y que los promociona. Porque además del idealismo de pretender orientar en clave rupturista elementos que no cuestionan el capitalismo, esos mismos elementos no tienen en este caso nada de alternativos, y son ya clave para esta última reconversión sistémica, como necesidad imperiosa.

http://aginteahausten.wordpress.com/

 
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